sábado, 3 de febrero de 2007

A parar por culo ...

Ferrugia no sabía nada de aquel enema que le harían dos semanas luego de que terminara la taza de te verde que empinaba vorazmente mientras se esforzaba por mandibulear una galleta rancia y semidura que había sacado de aquella lata despintada.

Hacía ya más de un mes que la última carga de sólidos había sido entregada proveniente de la falsa lástima que le tenía su única y casi despreocupada hija, el único pedazo de familia que le quedaba relativamente cerca.
Era cierto, Ferrugia no era un buen tipo. Es más, era un experto hijo de puta, pero tenía siete mil libros en su biblioteca particular y, con suerte, le quedaban escasas tres semanas de lastimosa vida. Y su hija lo sabía.

Ariella (la única descendiente del inminente finado) no simpatizaba nadita con el decrépito lector compulsivo, pero compartía esa obsesión por el papel enletrado … y QUERIA esa colección de rechupete.
Su condición de “heredera” única la motivaba aún más, sabía que era cuestión de saltear un par de obstáculos burocráticos y aquel tesoro sería egoístamente suyo.

Mientras tanto, Ferrugia tenía hambre. Y no llegaba nada para masticar. En una época de pensamiento liviano, el hombre había considerado inofensiva la idea de desheredar a su primogénita. Pero a medida que pasaban los días y avanzaba la hambruna, todo aquel pensamiento era meticulosamente reconsiderado.Estaba decidido: iba a dejar con las ganas a esa malnacida.
El testamento, un estropajo de papel manuscrito con la última voluntad del geronte, hallábase celosamente guardado en una caja de condones vacía. Ferrugia lo puso entre sus manos. A continuación, bajó lentamente los pantalones de aquel pijama andrajoso que venía usando desde hacía más de un año sin someterlo a contacto alguno con agua enjabonada. Agitó el potecito de vaselina que sacó cuidadosamente del botiquín del baño, untó un poco en sus sucios y gordos dedos, y comenzó a lubricarse lenta y suavemente todo el culo. El testamento, arrollado, comenzó a introducírselo con molestia por el recto. Gemía. Se quejaba. Pero sentía esa felicidad que otorgan los dolores dulces.
Terminada, con éxito, su última empresa, se recostó en un viejo sillón apolillado y así, como si nada, se dejó morir.

Ferrugia no sabía nada de aquel enema que le harían, o quizás si, algo sospechaba …

5 comentarios:

f l º dijo...

El mundo estará llenos de (h)aches,...pero también sobrásn los Ferrugias. Hay muchos, muuuuchos,...pero las valientes almas dispuestas a tomar el toro (o el gordo) por las (h)umapas y emprender el enema sorpresa son pocas...
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supongo que está buenísimo que me haya causado mucho rechazo leer acerca de este elemento que es Ferrugia...well done! :P me gustó que no me guste!



otra taza de café para reirnos de los ferrugias que pululan y para brindar por los enemas sorpresivos dispuestos a defenestrar a los malvados....



besoooooºººººoooooº!

elneurotico dijo...

puajjj!

muy gratamente inesperado!

no conozco a ningún ferrugia en mi familia. me estré conviertiendo en un ferrugia? ya tengo algunos libros... y vienen más en camino.

pero, dios me libre! no quiero ningún enema!

El Replicante Disléxico dijo...

para mi esperó demaciado para satisfacerse analmente , pero , suele suceder , como no , suele suceder , y quien es uno , vio? , para andar señalando con el dedo.



7 lucas de libros , es un número , pero si te ponés , juntas un buen número en internet.





(me encantó el cuento , eh? , ojo al gol!)



saludos!.

stanley dijo...

gracias.

fuerza, sí.
abrazo

Lucy dijo...

Mi familia está personificada por Ferrugia